Hace unos días leía consternado en la prensa escrita que un profesor había sido denunciado y enjuiciado, acusado de maltrato psicológico, por haber castigado a una alumna a escribir cien veces una frase, situándola al final de la clase.
Uno, que ha disfrutado de los “parabienes” de diferentes planes generales de estudio, y aún más, de los últimos coletazos de un franquismo agonizante, en modo alguno desea que regresen los tiempos de “la letra con sangre entra”. Como persona razonable, pretendo que haya un término medio entre los capones, reglazos, pellizcos y demás lindezas de la vieja guardia, y el “todo vale” que impera en nuestro querido país.
Y ciertamente algo falla, cuando han de instalarse detectores de metal en colegios e institutos, y han de patrullar guardas de seguridad, para que las cosas no pasen a mayores.
Los estudiosos del comportamiento humano llaman Síndrome de Peter Pan, al deseo de mantener perpetuamente un estado de prejuventud –lógicamente, cuando ya hace un tiempo razonable que dicha edad se dejó atrás-. Dejando de lado los casos en los que esta situación se presenta por una dolencia explícita, aparece en personas sanas cuando fallan factores educacionales, sociales y laborales.
Quien más y quien menos ha oído la expresión “el niño, esto, la niña, lo otro”. Cuando estas palabras provienen de personas de cierta edad, lo normal es alzar una ceja y mirar de reojo con cierto escepticismo, preguntando “¿la niña?”. Y lo normal es un carraspeo seguido de algo similar “Bueno, ya tiene 38 años años, casada y tres hijos”. Sin comentarios.
Lo cierto es que es una vana esperanza de todo padre o madre, el evitar a sus hijos experiencias que resultan en inevitables tropezones, y su amargura. Pero no es menos cierto que la experiencia no nace de contemplar las mariposas en el campo, sino de correr a través del mismo, caerse y levantarse y aprender en el camino.
Y algo debemos estar haciendo mal cuando se ha pasado de una independencia económica y social a los 18/19 años, a tener al “niño” en casa con 40, opositando. Los responsables de asuntos sociales lo achacan a la crisis económica….¿pero siempre es así?.
Partamos desde un principio inmutable. La educación se imparte en casa. Lo que se debe recibir en los centros es formación académica. Así pues, si se manda a la escuela a una criatura consentida y sobreprotegida, o por el contrario, a un tierno infante digno de la estirpe de Atila ¿Debemos sorprendernos después?.
Aquellos que esperan que la escuela lleve a cabo la labor educativa que no se ha realizado en casa, son los mismos que luego se rasgan las vestiduras o braman como tigres en celo cuando, desde esa misma escuela se reclama la autoridad y los medios para realizarla.
Uno, que lleva más de veinte años de experiencia en hospitales y centros de urgencias, más de una vez ha tenido que llamar a un domicilio paterno, para avisar a los desprevenidos progenitores de que su vástago ha hecho una barrabasada que ha terminado mal y ahora paga las consecuencias.
Hay tres tipos de respuestas, con tono más o menos somnoliento. Uno, el de lógica preocupación. Los otros dos son historia distinta; por un lado, el tono incrédulo: “¿Mi yonatán?” –trascrito tal y como sale en el registro-¡Imposible!”. Otro, el impasible: “Pues nada, cuando esté remendado, me lo mandan para casa”.
¿Qué puede esperarse pues cuando en uno de estos dos casos, se recibe una nota del colegio o del instituto?. ¿Cómo debe reaccionar un muchacho cuando ve desprestigiado al responsable de su educación?.
Está claro que para cualquier Estado, cuanto menos formada intelectualmente esté su población, más goles puede meterle y mejor se controla con los diferentes medios a su alcance; por tanto, si desde los mismos domicilios no sólo no se protesta contra esta incultura permitida, sino que además, se adolece en cuanto al papel educador, más vale cerrar la paraeta e irse a dormir.
………..También es cierto que si terminas en prisión y con orden de alejamiento por aplicar una justa colleja cuando uno de tus vástagos se pone cafre, mal está la cosa…..
Cosas veredes, amigo Sancho.


