"Vivimos tiempos interesantes en los que las verdades y las mentiras nunca lo son en sí mismas, sino dependiendo de con qué las compares", diría Bogart en el transcurso de una sesuda conversación con Groutxo paseando por Central Park. Y el mayor de los Marx asentiría diciendo: "todo es cuestión de atinar en el precio".
Lo que realmente me da pena es no poder compartir estos tiempos, los actuales, con la ácida complicidad de éstos dos porque, tal y como estamos, casi sería la única forma de sacarle algo de sonrisa a la cara que se enfrenta al espejo todas las mañanas esperando ver algo de "color" en el cajero, en el súper o en una tapita del bar, por no aspirar a bienes mayores y seguramente bien merecidos por la mayor parte de los españolitos de a pie.
Quizás sea por eso que cuando uno amanece oyendo que en cierto ayuntamiento sureño cambiar una bombilla cuesta 574 euros, la sangre se agolpa toda ella en la garganta aguantando el impulso de gritar algo como "me cago en la madre que os parió". Luego, algo de esa misma sangre se da un paseo por el cerebro y es cuando caes en la cuenta de que las madres, salvo en lo de no haber tenido el detalle de agarrarse a su derecho de abortar en su día, no tienen ninguna culpa de los oscuros trejemanejes de sus hijos. Sólo faltaba eso... Como si no tuvieran bastante las pobres con tener que agachar la mirada cuando algún conocido las mira con cara de "joder con tu niño, guapa".
Pues es lo que yo digo: nada de ingeniero de caminos, canales y puertos; nada de perito agrónomo, ni de notario, ni nada de esos empleos "de caca" que no dan más que disgustos... Cambiador de bombillas, eso sí que tiene futuro; y si no, sustituidor de baldosas, que también tiene lo suyo. 2.200 euros vale, según los papeles del ayuntamiento sureño de antes, sustituir una baldosa rota de las que pueblan las aceras de sus calles.
Es fácil encontrarle gracia a estas tropelías políticas, pero lo cierto es que cuando uno asiste al rojo monocromo de sus cuentas a fin de mes -y a veces no tan "a fin"-, escuchar según que tropelías, lejos de hacerle gracia alguna, se le atraganta en el mismo punto en el que se agolpaba la sangre en mi primera metáfora satírica. Y es que en esta "piel de toro", parece que ya no hace falta ni saber hacer la "o" con un canuto. Aunque sólo sepas decir "a", lo realmente importante es que goces del favor del corrupto adecuado... y la impunidad de éste depende de lo resistentes que sean sus rodilleras.










