Si hay algo peor que ser pillado con las manos en la masa, es cargar, además del sonoro ridículo que esa situación comporta, con la negación de lo evidente, en plan “antes muerta que sencilla”. Es lo que parece estar enarbolando el señor Costa en el “pepé” valenciano, a pesar de que Rajoy ya lo ha sentenciado.
Si te han pillado “con el carrito del helado”, como reza la canción, lo más prudente es huir con el rabo entre las piernas y, si acaso, soltar alguna frase molona como aquellas del señor Guerra cuando lo del hermanísimo -que no se me ha olvidado- o las de Zaplana cuando le pillaron diciendo aquello de “yo estoy en política para forrarme” (que también hay que ser lelo). Lo de Costa, asegurando que él no ha hecho nada y que “le han engañado” es de chiste malo.
Ahora, que peor es lo del presidente Camps, al que han dejado poco menos que a la altura del “tonto que pasaba por allí” que no se enteraba de nada, que pagó sus trajes y por poco le montan el circo de la manera más tonta, por rodearse de quien no debe. Costa, ese pijo de libro estilo “borja-mari” de kilo y medio de gomina, hermanísimo de otro Costa, Juan, que lo metió con calzador en la cúpula del pepé valenciano… No sé, a mí todo esto me huele a “vamos a crucificar a éste y dejamos que el otro sobreviva”. Si es así, Ricardito, hijo, date por defenestrado. Si no, que Dios asista a Camps, porque lo que es Rajoy…
En este país del choriceo, del “es que las visten como putas” en boca de los violadores de niñas o del “todos los políticos reciben regalos y es normal” en boca de nuestros simpáticos inoperantes, ajusticiamos mediáticamente a un papanatas que se ha comprado unos trajes y aplaudimos al que se gasta lo que no está en los escritos para presentarle a sus hijas al “mesías” Obama. Pero fíjense en un detalle: mientras nos desgarramos las vestiduras, nos ensarzamos en polémicas bárbaras de barra de bar, o dirimimos si éste o el otro deben dimitir, sólo hay una cosa que no falla nunca: los viajes de Zapatero en el Falcon, los trajes de Camps, los bolsos de Rita Barberá y hasta el coche fantástico de cierto conseller catalán los pagamos los mismos: nosotros los españoles (los que aún tenemos la suerte de trabajar, porque los demás se matan por un subsidio de 420 euros / mes).


